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“No hay un día que no me recuerden mi gol en París. Es algo imborrable”

10/05/2021 - 12:00

“No hay un día que no me recuerden mi gol en París. Es algo imborrable, que me llevaré conmigo a la tumba”

Mohamed Nayim Alí Amar

  

El 10 de mayo de 1995, la imaginación de un futbolista convertido en mago hizo realidad un reto de apariencia imposible. Todo el mundo del fútbol quedó maravillado por un gol que tenía sello de eternidad. Un gesto genial de Nayim sacudió no solo el Parque de los Príncipes y París, el mundo entero, que quedó admirado por el embrujo de aquel golpeo impresionante.

El Real Zaragoza abría de par en par las puertas de la gloria europea, a través de un gol que perdurará a lo largo de los años por su belleza y, a la vez, por su trascendencia. Y que todo el zaragocismo guarda orgulloso en su corazón. 

¿Cómo se desarrollan aquellos instantes últimos de la final de París? El Real Zaragoza se había adelantado gracias a un golazo de Juan Eduardo Esnáider; Hartson, son embargo, había sellado el empate para el Arsenal. Desenvuelta ya la prórroga, el partido se conduce hacia los penaltis. Así se narra el desenlace en el libro ‘El Gol de Nayim’. 

¿Qué queda? Se acaba ya. El árbitro Piero Ceccarini ha mirado ya varias veces al cronómetro. También él debe estar pensando en los penaltis. A estirar un poquito más la noche de París. 

Es como, si dentro de todo, viviéramos un cierta paz. Una tregua antes de la resolución final en el último acto. Esa noria emocionante y, al mismo tiempo, brutal, de los penaltis. La calma previa al desenlace definitivo.  ¿O es que a alguien le queda pólvora? 

No sé si queda pólvora, artillería –habla Nayim-; pero aún queda tiempo de juego. Los partidos se juegan enteros: noventa minutos; y si hay prórroga, treinta más. Los penaltis vienen después. ¿O es que a un ciclista le dan un triunfo de etapa en el último kilómetro? Por mucho que todos piensen en el sprint, si a alguien se le ocurre atacar y sorprender al pelotón en el último instante… 

¿Vas a atacar, Nayim? Voy a jugar, a intentar sorprender. ¿Sabes qué marca la diferencia entre los grandes jugadores?: la imaginación, la capacidad de sorprender, de hacer realidad aquello que parece imposible. Y esa es la esencia del fútbol. Del espectáculo. 

Otro balón suelto a la línea de cobertura inglesa, apenas unos metros por delante de la medular. Y un mal despeje de Linigham, ese recurso que Stewart Houston ha introducido para salvar la ausencia del titular Bould, que no puede jugar por la acumulación de amonestaciones. 

Juégala, Nayim. 

La juego, la juego. La mejor opción sería un pase a Juan (Esnáider) o a Miguel (Pardeza). Me ha dado tiempo a verlos al levantar la cabeza. Circunvalan el fuera de juego. Sería perder la pelota. 

Hablo conmigo: mi impulso, mi espontaneidad, frente a mi sentido común.

-¿Avanzo? No lo tengo claro.

-Pues no tienes más recursos.

-Mi obligación es tenerlos.

-¿Qué te queda?

-¿Cómo que qué queda? Ponle gracia, pon imaginación. Al levantar la cabeza he podido ver a Seaman adelantado. Como todo el partido. ¿Por qué no pego a puerta?

-¡Estás loco!”

 ¿Qué es estar loco? ¿Ponerle una pizca de creatividad, de desenfado, de atrevimiento? ¿Le pegas? Le pego.

 Me ha venido bien, muy bien. La he pegado redonda, firme, clara. Con seguridad, poniendo el alma. Y sin miedo, como ese jugador de tenis que suelta el brazo para conectar un golpe decisivo, ganador. Yo he soltado toda la pierna. 

Ahora, una vez resuelto me invade una pequeña incertidumbre, algo de miedo, una pizca de vértigo. Ahí están mis compañeros, los aficionados en el Parque de los Príncipes, millones de personas viendo el partido por la televisión. El reto ha sido algo osado. Escucho el eco del lamento: “Ahhhh: otra de las de Nayim…”. 

La he golpeado bien, aunque me parece que sube demasiado. Para jugar, hay que tener un punto de osadía: un disparo con intención puede irse fuera y a algunos se les marcha fuera de banda. Hay que saber de qué eres capaz y disfrutar de tus propias cualidades sin pensar, a veces, en qué piensan los demás. 

¿Y tu, qué piensas, Nayim? Sigo pensando que ha merecido la pena. El fútbol es mucho más sencillo que como se quiere plantear a veces. El juego te ofrece un abanico de alternativas y yo elijo una. En cada instante tienes que procurar mantener la cabeza fría y optar por aquello que te parece mejor. Yo tengo claro que mi mejor opción es lanzar. 

El balón sigue subiendo. Facilita el tiempo de reacción del portero. Pero Seaman parece confiado. No pretendo dar explicaciones, pero los que me conocen saben que nunca he tirado por tirar, eso no entra en mi forma de ser. He visto la forma de jugar de Seaman, lo conozco bien y me ha surgido esta alternativa. Quien ha jugado a fútbol lo entiende perfectamente. A este tipo de jugadas se accede por el camino de la sencillez. 

Ese primer momento de incredulidad deja paso a una duda que apaga los cánticos y empuja a la admiración del Parque de los Príncipes. Casi cincuenta mil personas cierran de pronto todo su foco de visión en torno a esa pelota, que sigue subiendo para inquietud de Nayim. Aún así, el ceutí tiene plena confianza en su toque.

 

En un instante, la algarabía se transforma en murmullo; calla el estadio, como si alguien hubiera bajado de pronto el volumen de aquella gigantesca fiesta. Las miradas de París, de Londres, de Zaragoza, del mundo, se concentran en el vuelo del balón. La magia del fútbol consiste en descubrir lo que queda por hacer. Es lo más bonito y, al mismo tiempo, lo más difícil: ser capaz de sorprender. Lo que distingue a los mejores jugadores es, precisamente, esa posibilidad: la de dejar al rival asombrado.

 Ha empezado a bajar y el guardameta no ha recuperado su desventaja. Va bien, va bien. ¿Empezamos a empujar todos? ¿No creéis que aquí puede empezar a tocarse el trofeo? Cada vez se acorta más la distancia entre el sueño y la realidad: lo difícil es hacerlos confluir para darles una vida común. 

Has puesto la semilla y va creciendo deprisa. A Seaman le ha pillado muy a contrapié: retrocede, pero tiene plomo en las botas y se le empieza a apoderar el vértigo, el temor, un miedo terrible. Seaman estira un brazo -“puede ser un fallo grave intentar detenerlo a una mano”, resuenan las palabras de Cedrún- y toca el balón. No es suficiente.

Hay un hombre especialmente desesperado en París: Seaman es el que mejor sabe que retrocede mal, que ese balón contiene veneno. Que Nayim le va a complicar la vida -la vida-. 

En esa acción fallida, desesperada, intenta tocar la pelota; quiere sacársela, apartarla, desviarla; pero es tarde, y en su empeño, cae hacia atrás.  Como el balón: ese pelotazo con mando a distancia no tiene ya quien se oponga y se entrega al beso con la portería. Se aloja, definitivamente -para siempre-, dentro de la portería inglesa. 

El temblor del estadio -de Zaragoza y España entera- es el pellizco en tu sueño, Nayim. Medio mundo explota con el grito universal de la pasión del fútbol: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡Goooooooooool!!!!!!!!. Y tú, persiguiendo ese dedo que es la imagen de tu magia, buscas refugio en los tuyos. Alí, papá, va por ti: por tu seguridad, por tu confianza, por tu fe, por tu apoyo.

El abrazo de la admiración, el del banquillo, el de todos sus compañeros, derrota al ceutí, que cae por fin, agotado, incapaz de escapar del asedio de la felicidad. Empuja, Nayim, y abre la puerta de la gloria. Todos te seguimos, empeñados en firmar contigo la página más brillante de la Historia del Real Zaragoza. 

 

Real Zaragoza (2)

1. Cedrún, 2. Belsué, 3. Solana, 4. Cáceres, 5. Nayim, 6. Aguado, 7. Pardeza (c), 8. Aragón, 9. Esnáider, 10. Higuera y 11. Poyet. También jugó: García Sanjuán.

Entrenador: Víctor Fernández.

FC Arsenal (1)

1. Seaman, 2. Dixon, 3. Winterburn, 4. Schwarz, 5. Linighan, 6. Adams (c), 7. Keown, 8. Wright, 9. Hartson, 10. Merson y 11. Parlour. También jugaron: Hillier y Morrow.

Entrenador: Stewart Houston.

Goles: 1-0; Esnáider (68´), 1-1; Hartson (77´), 2-1; Nayim (120´).

Árbitro: Piero Ceccarini. Amonestó a Belsué, Aragón e Higuera por parte del Real Zaragoza; y a Merson y Hartson por parte del Arsenal.

 

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