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La gran reacci贸n

13/05/2012

El Real Zaragoza ha protagonizado en la temporada 2011/12 una de las más espectaculares remontadas de la historia de la Liga. Nunca antes ningún equipo había podido salvarse cuando se llegó a encontrar a una docena de puntos de la salvación.

 

 

 

 

 

 

Las cosas comenzaron a cambiar el 4 de marzo en La Romareda. Cuando faltaban pocos minutos para acabar el partido el equipo aragonés caía momentáneamente en su feudo con el Villarreal por 0 a 1. Si en ese momento hubiese concluido el lance, los zaragocista se hubieran encontrado a 15 puntos del rival de aquel domingo. Sin embargo, la raza y la casta de los zaragocistas se dejó sentir. Era el anuncio de que nadie podía dar por muertos a los jugadores que defienden el escudo del león. Ningún partido concluye hasta que el árbitro no decreta el final y los zaragocistas se batieron el cobre, remontando el marcador, con goles de Luis García y Abraham.

De un plumazo, en unos minutos, la distancia de la salvación con el Real Zaragoza había pasado de 15 a 9 puntos y se recortaban tres con respecto a la jornada anterior, en la que el equipo aragonés había caído en La Rosaleda. Entonces los blanquillos todavía cerraban la tabla clasificatoria, pero ya sabían que había mucha liga por delante y que estaban dispuestos a pelearla hasta el último suspiro.

Después de caer en San Sebastián y empatar en los últimos minutos en casa con Osasuna, el Real Zaragoza visitaba a uno de los inquilinos de la zona noble de la clasificación: el Valencia. Hasta ese momento, después de 27 jornadas disputadas, los chés habían sumado la friolera de 28 puntos más que el Real Zaragoza. El conjunto local intentaba asegurar su presencia en la próxima edición de Champions y comenzó golpeando primero. Después del gol, las cosas se torcieron todavía más al ser expulsado Pablo Álvarez. Sin embargo, el Real Zaragoza tiró de épica y consiguió una histórica victoria, remontando un partido ante uno de los equipos más exigentes de la Liga. Apoño por dos veces se encargó de asaltar Mestalla, volviendo a dejar una tarjeta de visita que no dejaba lugar a dudas: al Real Zaragoza no se le iba a ganar fácilmente.

La heroica victoria en Valencia dio alas al equipo, que logró imponerse al Atlético de Madrid, (1-0) y al Sporting de Gijón (1-2). En ambos encuentros los zaragocistas volvieron a batallar hasta el final, dispuestos a luchar cada balón como si fuera el último. Las dos victorias volvieron a llegar en los instantes finales.

El equipo había sufrido una metamorfosis. Se encontraba ya a cuatro puntos de la salvación, que marcaba el Villarreal, y ya no ocupaba el farolillo rojo. La empresa se antojaba muy complicada, pero ya nada era igual. Así lo pudo comprobar el propio Barcelona, que se vio obligado a emplearse al máximo para llevarse los tres puntos de La Romareda, en un partido no exento de polémica arbitral.

Tras caer en Sevilla se regresaba al feudo zaragocista con un partido en el que se iban a disputar mucho más que tres puntos. Visitaba la capital del Ebro el Granada, un equipo que se encontraba a ocho puntos de los aragoneses. La victoria por la mínima (1-0) volvió a dar oxígeno a una escuadra que seguía creyendo en sus posibilidades. Cinco puntos no eran suficientes si el perseguidor resultaba ser el Real Zaragoza, el equipo que nunca tiraba la toalla.

A pesar de volver de las islas Baleares de vacío (1-0 frente al Mallorca), los zaragocistas se enfrentaban a un póker de partidos que iban a suponer el todo o nada en la competición. Tres de ellos se disputarían en La Romareda, que se había convertido en un estadio mágico. Afición y jugadores se habían unido más que nunca, contagiándose de su espíritu de lucha mutuamente. Ni unos ni otros se iban a resignar: la batalla estaba servida.

Athletic de Bilbao (2-0), Levante (1-0) y Racing de Santander (2-1) comprobaban en sus propias carnes que la reacción zaragocista no tenía nada que ver con la fortuna. El renacido Real Zaragoza había recortado distancias en cada una de las jornadas, hasta pulverizarlas totalmente a falta de un único partido.

Para entonces el hit parade más escuchado en todo Aragón ya era el “Sí se puede”, un lema nacido de la propia afición que ya se había convertido en un auténtico himno, coreado por todos los zaragocistas, de 0 a 100 años. El jugador número 12 se había convertido en protagonista principal y empujaba cada jugada del mismo modo que los futbolistas blanquillos se batían el cobre sobre el verde.

Aguerrido y cada vez más esperanzado, el zaragocismo veía la luz al final del túnel y lo que parecía imposible solo unas pocas semanas antes se había convertido en una posibilidad tan real como la vida misma. El Real Zaragoza dependía de sí mismo para certificar su continuidad en la liga más exigente del mundo, completando la reacción más asombrosa que se podía recordar.

El último peldaño de esta particular escalada se encontraba en Getafe. Hasta allí se desplazarían miles de zaragocistas, convirtiendo el Coliseum Alfonso Pérez en una pequeña Romareda.


Con ese ímpetu se consiguió rubricar la permanencia ante una afición entregada. Una recta final apoteósica conseguida al ritmo de un grito de guerra, el "Sí se puede", que pasará a la historia. Un equipo y una afición entregados que no se han resignado en ningún momento y han sabido luchar en circunstancias en las que se les exigía rendir al 200%. Una gran reacción, histórica, que ha sorprendido a extraños, pero no a propios, porque para el Real Zaragoza nunca ha habido un reto inalcanzable.

 

 

 

 

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